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UN GRAN IVNENTO
José Navajas
Podemos asegurar que durante
el Siglo XX y lo que llevamos del XXI, los cambios, a todos
los niveles, se producen a una velocidad de vértigo.
Algunos tenemos suficientes años como para decir que
hemos sido espectadores de bastantes, y usuarios y beneficiarios
de muchos inventos. Quizá los cambios más espectaculares
tienen que ver con los vehículos y con los objetos
para el aprendizaje y entretenimiento de los seres humanos.
Refiriéndome a estos
últimos, de las pianolas se pasó a los gramófonos;
de los discos de vinilo –esto ya lo viví yo—a
los CD compactos; del “vaudeville” al cine; de
la radio a la televisión. A las películas se
les añadió sonido; a la radio, imágenes;
y a ambas el color. Y en ese sentido nadie duda de que podamos
ir más lejos.
Con el láser y la holografía
podemos producir imágenes tridimensionales de mayor
definición que la que puede ofrecer cualquier fotografía
corriente en dos dimensiones. Las técnicas de grabación
han permitido editar video-cassettes sobre cualquier tema,
de modo que podemos reproducir en cualquier momento lo que
nos apetezca en nuestro televisor.
Cada nuevo invento desplaza
a los antiguos en la medida en que el publico acude a aquella
técnica que le da más. El cine mató al
“vaudeville”, la televisión hizo que se
reajustara la radio, y el color casi ha enterrado al blanco
y negro. Las tres dimensiones acabarán sin duda con
la bidimensionalidad. Las viedeo-cassettes obligaron a la
reestructuración a la televisión de masas y
al cine, y las nuevas técnicas digitales de almacenamiento
la obligarán de nuevo. Se habla de un nuevo objeto,
--de comercialización pronta--, que permitirá
grabar lo emitido y ser reproducido en el televisor casi simultáneamente,
pero evitando los “empachos” publicitarios. Ese
invento obligará a su vez a los publicistas y a las
empresas publicitarias a cambiar el método para “llegar”
con sus mensajes al gran público e incitar al consumo.
¿Cuál es la tendencia
general? ¿A que se llegará en último
término?. Hemos pasado de equipos voluminosos y pesados,
a otros mucho más pequeños y a pantallas planas.
No hay duda de que las mejoras seguirán viniendo por
el lado de la miniaturización y de la mayor complejidad,
que es el mismo proceso que en años recientes nos han
proporcionado radios, cámaras, ordenadores, teléfonos
móviles, etc. Todo más pequeño y compacto.
La miniaturización y
ligereza está necesitando cada vez de menos energía
para el funcionamiento de los objetos, y la multifuncionalidad
nos permite unir en un único “artilugio”
varias funciones. El teléfono móvil, con cámara
fotográfica digital, y con servicios de fax y e-mail
en un mismo objeto es un ejemplo claro, y seguiremos en esa
línea.
Pero un “artilugio”
de este tipo produce sonidos, proyecta luz, emite y recibe,
por que ese es precisamente su propósito....., y ¿por
qué invadir la esfera de otras personas ajenas a ellos.
El “artilugio” ideal sería visible y audible
para la persona que lo está utilizando, y para nadie
más. Los “artilugios” que existen hoy necesitan,
como es lógico, una serie de mandos, un botón
de encendido y apagado, y otros para regular el color, el
volumen, el brillo, el contraste y demás, y un teclado
dependiendo de la cantidad de funciones del mismo. La dirección
del cambio será, naturalmente, hacia una simplificación
de los controles. En último termino habrá un
solo botón.... o quizá ninguno.
Cabría imaginar un “artilugio”
que estuviese siempre perfectamente ajustado; que empezara
a funcionar automáticamente en cuanto uno lo mirara;
que se parara automáticamente en cuanto uno dejara
de mirarlo; que se pudiera avanzar o retroceder deprisa o
despacio, a saltos o con repeticiones, a placer del usuario.
Que duda cabe que ése es el aparato de nuestros sueños;
un “artilugio” que pueda contener información
de infinitos temas, del mundo de la ficción o del real;
que sea autónomo, manejable, parsimonioso en el consumo
de energía, perfectamente privado y sometido en gran
medida al control de la voluntad. ¿Será un sueño?
¿tendremos algún día un “artilugio”
así?.
La respuesta es un SI rotundo.
No es que lo vayamos a tener algún día, es que
lo tenemos ya; para ser más exactos: existe desde hace
siglos. El ideal que he descrito es el libro, la revista,
la palabra impresa. Un “artilugio” ligero, privado
y manejable a voluntad.
¿Piensas que el libro,
a diferencia de los inventos descritos, no produce sonido
e imágenes?. Pues te equivocas. Es imposible leer sin
oir las palabras en la mente y sin ver las imágenes
que producen. Y con la ventaja de que son sonidos e imágenes
propios, no inventados por otros.
Las imágenes y el sonido
que ofrecen todos los demás medios de entretenimiento
son “congelados”, y tienen un nivel de detalle
que mejora con el avance de la tecnología. El resultado
es que los medios exigen cada vez menos al usuario. Incluso
se insertan cuñas musicales y risas pregrabadas para
provocar determinadas emociones en el cliente sin esfuerzo
por su parte. La persona a quien le cuesta leer recurrirá
a estos productos “congelados”, y seguirá
siendo un espectador pasivo.
La palabra impresa, por el
contrario, presenta un mínimo de información.
Todo lo demás por encima de ese mínimo tiene
que ponerlo el lector: la entonación de las palabras,
la expresión de los rostros, la acción y el
escenario han de ser extraídos de estas sartas de símbolos
en blanco y negro. El libro es una empresa compartida entre
el escritor y el lector, como ninguna otra forma de comunicación
puede serlo.
Si eres uno de esas personas
afortunadas para quienes la lectura es agradable e imprescindible,
el libro, en cualquiera de sus manifestaciones será
para ti irremplazable e indestructible. Y eso con independencia
del soporte en que se presente. Ahora se habla mucho del e-book,
que si llegara a proliferar, seguría siendo un libro
pero en soporte electrónico.
Por muy agradable que sea el
papel de espectador, participar siempre es mejor.
Sevilla, 7 de junio de 2004.
Dedicado a todos los
amantes de los libros.En memoria de Isaac Asimov, que hace
años, antes de que aparecieran inventos que ni una
mente como la suya podía intuir, escribió un
articulo en la misma línea del que ustedes acaban de
leer.
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